viernes, 31 de mayo de 2013

Centro de Acogida "Hogar El Olivo"

Durante dos años estuve realizando una intervención voluntaria en el centro de acogida “Hogar El Olivo”. Es una Casa situada en Arturo Soria, en la c/ Silvano y que está gestionada; En primer lugar por monjas que viven en el centro y en segundo lugar trabajadores sociales que hacen tres turnos; Mañana, tarde y noche. Todo esto financiado por la Comunidad de Madrid.

En el Hogar no sólo hay niños huérfanos (Es más, son minoría), sino que también viven ahí niños cuyos padres estaban en riesgo de exclusión, sin empleo y algunos sin residencia y que durante el día buscaban trabajo o practicaban la mendicidad y por las noches tenían que ir a albergues a dormir. Por lo cual no podían hacerse cargo de sus hijos. Algunos de estos padres visitaban a los hijos los fines de semana. En la casa se les ofrecía, a los niños, un lugar estable donde vivir, una habitación y un sitio en el comedor así como cariño y asistencia a colegios o institutos, pues las edades eran desde muy pequeños (1 o 2 años) hasta los 16. Por las tardes, un equipo de voluntarios, entre los que estaba yo, ofrecíamos apoyo escolar: ayuda para hacer los deberes, preparar agendas y calendarios y repasar lo que se había hecho durante el día en el colegio así como futuros exámenes. Sin embargo mi intervención fue más allá.

Mi “trabajo” se centraba en el apoyo escolar a tres niños. José, Carlos e Inés                    (Nombres ficticios).

José de 12 años iba a 1º de la ESO. Es un niño muy majo, huérfano pero “hijo” de cada una de las monjas que vivían con él. Muy avispado, le encanta el fútbol (como a la mayoría de los niños de su edad, puesto que no han descubierto el rugby….)  y es muy feliz en el hogar. Había entrado muy pequeño, alrededor de los cinco años y no conocía ni a su padre ni a su madre, aunque ésta última si se sabía que estaba viva. Le costaban las mates y la historia. Yo tampoco soy bueno en Mates pero por lo menos hasta 1º de la ESO sí que podía ayudarle, y más de una tarde tuve que repasar en mi casa la manera de hacer divisiones sin calculadora o a descomponer números. A José le sacan los fines de semana una familia cuyo padre también era voluntario y conocía la situación de José. Algunos lunes hablábamos, parte de la clase, de que tal se lo había pasado el fin de semana, yo sabía que disfrutaba tanto, o más, el charlar conmigo que el que fuera a echarle una mano con las asignaturas, así que no tenía mucha prisa en que terminaran nuestras charlas las cuales muchas veces terminaban derivando a temas deportivos, amistades o chicas.
José era de los mayores del Hogar, esta perfectamente integrado e incluso un poco enchufado por las monjas y tiene perfectamente asumido que ésa es su familia y su hogar.

Carlos tenía 7 años y tenía un ojo vago por lo cual, a sus gafas había que sumarle un parche su ojo izquierdo. Carlos, sin bromas, era monísimo. Muy movido, ceceaba y miraba con ese ojo el cual mostraba mucho interés en todo lo nuevo. Tenía una hermana que vivía también en el Hogar y a los dos iba, frecuentemente, a verles su madre.
Aún teniendo el afecto que tenía por parte de su Madre, hermana y las propias monjas, hacia mí mostró un gran y repentino cariño. Yo se lo devolvía encantado, pero entre tanto abrazo era difícil que nos concentráramos en la tarea. Así que, con todo el dolor de mí corazón, muchas veces tenía que ponerle límites en la exteriorización de su afecto con la intención de que lleváramos a buen término los deberes y su aprendizaje lecto-escritor. Porque ésa era otra; leía igual de mal que veía. El problema con la lectura era común entre Carlos e Inés, pero con Inés iremos más adelante.
Carlos leía mal, porque veía mal, y los niños que leen mal, suelen escribir mal.
Nuestras clases eran largas y difíciles porque Carlos se entretenía con cualquier cosa.
Le gustaban las mates y hacía cuentas muy bien, pero leer y escribir le traían por el camino de la amargura. Tenía ganas de aprender y se veía que disfrutaba cuando hacía bien una suma o resta por lo que yo le estimulaba a través de esa auto-recompensa. Por cada ratito de lectura hacíamos dos pequeñas cuentas que él sacaba con facilidad, y así conseguía mantener su efímera atención en las letras
Muchas clases, tras haber terminado los deberes (  Tarea que duraba entre dos horas y dos horas y pico repartidas en; 70% distracción 30 % trabajo) cogíamos el libro de poesía de Gloria Fuentes y practicábamos un poco de lectura. Ese libro le gustaba mucho porque aparte de los dibujos, cuando terminábamos la página yo le leía la poesía poniendo diferentes voces y entonando de manera un poco exagerada.

Inés tenía 6 años, casi 7, y estaba en 1º de primaria aunque debería estar en 2º.
Leía y escribía muy mal y mí intervención se centraba en enseñarle estos dos requisitos culturales imprescindibles. Enorme tarea para un chico de 19 años y cursando 1º de Educación Infantil.
Inés había entrado en el hogar hacía escasamente dos meses, su padre las había abandonado a ella y a su madre y ésta en paro y desahuciada, no podía hacerse cargo de la menor. Sin embargo todos los fines de semana acudía al hogar a pasar unas horas con su hija.

A los dos problemas de lecto-escritura, había que sumarle un problema conductual  y, a mi parecer, de exteriorización de emociones.
Su tono de voz siempre era demasiado elevado lo cual llamaba la atención del mismo modo que si hubiera sido demasiado bajo. Cuando reía; aunque de su boca saliera risa su cara no reflejaba tal emoción, más bien no reflejaba ninguna. Con esto no quiero decir que no se riera sinceramente, se reía bastante y en contextos adecuados, sino que era evidente la disonancia entre esa risa sonora y el lenguaje facial que en ese momento manifestaba.
Era frecuente que pasara de un extremo emocional a otro. Donde más llamaba la atención era con la rapidez que se podía clamar después de sufrir un enfado terrible. Pasaba de estar berreando, llorando muchísimo, insultando, escupiendo o mordiendo a tranquilizarse y pedir perdón. Y de igual modo podía pasar de estar riendo a llorando, de timidez o vergüenza a confianza, de ser “su amigo” a “su enemigo”.
Todo esto hacía muy difícil la intervención con ella, sin embargo Inés tenía una cualidad muy especial; cuando quería era muy bien agradecida. Y que de la boca de una niña de seis años salga un sincero “muchas gracias Pablo, te quiero mucho” hacía que se disiparan todas las dudas que una hora antes su difícil comportamiento podían haber creado. Y se puede pensar que lo utilizaba como un arma emocional o de la manera que un niño puede usar el chantaje emocional para conseguir cosas a su favor, sin embargo Inés: uno, no lo decía todos los días ni mucho menos, quizá en dos años me agradeció mi presencia 3 o 4 veces, y además coincidía que era al rato de habernos despedido. Cuando yo me quedaba con Maria Auxiliadora, hablando en su pequeña “garita” aparecía Inés, se me quedaba mirando y me decía esa frase que me hacía emocionar.

Cuando decía que mi trabajo iba más allá del mero apoyo escolar es que yo a esos chicos trataba de escucharles y hacerles ver que yo no sólo estaba ahí para ayudarles a hacer los deberes y cada uno de ellos supo hacerme ver que habían recibido más de lo que un profesor de actividades extraescolares exclusivamente, puede dar.
Actualmente y desde hace un año no sigo haciendo la labor de voluntario, sin embargo cada 2 meses hago una visita a El Hogar y siempre soy recibido con el mismo cariño.



Pablo Pastor González.






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